7 nov. 2013

Escenas de muestra que no se pueden trasladar a la papelera

Te alejas de la plaza mayor corriendo tras tu sombrero y el muy objeto inanimado huye como nunca antes lo había hecho. Te conduce por callejones en los que no te adentrarías ni por un billete de cincuenta, callejones que derivan a barriadas de gitanos corcovados que se van convirtiendo en prostitutas sexagenarias a medida que tus músculos fofos y desentrenados se aproximan a su faldón. Parece una de esas escenas que vienen insertadas de serie en toda cabeza humana, dirías, observando tu piel de reojo en medio del sprint, que incluso estás algo asepiado, como bañado en un revelador fotográfico de blanco y negro caducado, ligeramente subexpuesto. Una escena en la que un cámara bastante hábil te persigue a ti, al hombre que corre tras su sombrero. El sombrero vuela como aquellas falsas hojas de otoño que visionaste por error en un vídeo de muestra de Windows XP. El sombrero vuela a toda hostia ayudado de un viento tan desafortunado como poco frecuente en esa ciudad plasticosamente nostálgica. El viento huele. Es algo que acabas de notar y que por un momento ha estado a punto de dejarte paralizado. Huele a agua rancia, como si dispersos toques de saliva acompañaran al propio soplido del hábil cámara que te persigue. Finalmente, el sombrero queda clavado en un tornillo mal tapado de la esquina que une el callejón principal de cartón piedra con el Puente de los Meados. Agarras el sombrero entre jadeos y una mueca que viste hacer a Kirk Douglas en vete a recordar ahora qué película. El sombrero tiene una textura como de toalla usada. Te preparas maxilofacialmente para mirar hacia atrás, con la desagradable pero certera esperanza de que el cámara estará ahí con el índice en el disparador, esperando ser el primero que consiga la exclusiva. Y, entonces, mientras giras tu pesado cuerpo en slow motion, te preguntas para que querría un sombrero un hombre sin cabeza. 

23 oct. 2012

Es fea pero la debe chupar bien, es el proceso de adaptación al medio por exigencias extremas, como los judíos o los gays, sí, los gays también son premios nobel de la inteligencia, inteligencia adaptativa, claro, no es por ir de retrógrado ni heterosexualista, pero para qué justificarme, mira los biciclistas alineados, debería hacer deporte, ese viejo parece Punset desnutrido, qué necesidad tengo de esconder el cigarro liado cuando paso delante de la policía, como siga sin cortarme las uñas de los pies voy a madurar de golpe, esa gente que se empeña en hablarte cuando tienes los auriculares puestos va a morir prematuramente, los bizcos son personas extrañas, conozco a cinco o seis pero no veo ninguno caminando por la calle. Que tampoco tengo ningún problema con el estrabismo, pero para qué justificarme. 

5 abr. 2012

Llevaba él varios días pensando sobre el qué hace ser buenas o malas a las personas buenas y malas. No es que fuese él precisamente una persona de gustos tan excéntricos como para despertarse cada mañana con la cabeza repleta de ideas sobre el sentido de la vida -si se sinceraba, debía reconocer que llevaba toda su vida huyendo del pensar-, pero esos días transcurrieron tal cual los cuento. Y al final de esos días concluyó que, fuera lo que fuese ese algo -del que no tenía ni la menor prueba concluyente de que existiese- que hacía que las personas fueran consideradas malas por la mayor parte de la gente que conocía, lo llevaba como un filtro ante sus ojos no solo con una feliz ignorancia sino con un descaro muy mal disimulado. En definitiva, la única conclusión concluyente que sacó de todos esos días de desespero fue que él era una mala persona -fuérase esto lo que esto fuésera-. Y para que nos entendamos todos, aquí va una selección de la cadena casi interminable de pensamientos que por él pasaron:

Era él ese tipo de persona que no causa una buena primera impresión. Demasiado borde para las buenas maneras del resto, una persona malacostumbrada a dar la vuelta a las convenciones sociales o a ignorarlas sin piedad. Eso lo sabían todos -y todos conocemos a personas parecidas y no hace falta explicar nada más-. Pero era él también ese tipo de persona que causa una mala segunda impresión, es decir, cuando empezabas a conocerla -si es que te atrevías a semejante cosa- y esperabas que la cosa avanzase por su parte, lo único que por ella pasaba era un inmenso silencio. Una persona sin muchos remordimientos, más por descuido que por mala intención, que te atraía con un canto inaudible y luego te atrapaba en una conversación interminable. Resumiendo un poco, era una persona con el don de hacer sentir como enfermos mentales a gente perfectamente cuerda. Odiaba tener que abandonar un minuto de su vida por esperar a que alguien -que consideraba nimio- terminase de contarle la suya. Si por él hubiese sido, jamás habría tratado con mucha gente a la que llegó a tratar. Se trataba, pues, de un impostor, de un actor en plena improvisación interactuando con el resto, inconsciente del esfuerzo interno -en segundo plano, siempre- de la interpretación. Un actor pésimo, en muchas ocasiones. Cuántas veces llegó a considerar estúpidas a las personas que no sabían reconocer en él esa sonrisa tan forzada, esos delicados pero tajantes cierres de conversación, ¿es que no percibían nada o trataban vanamente de seguir improvisando con él? ¿Acaso no notaban que no había ningún tipo de química entre ellos, ninguna complicidad tan grande como para crear un microcosmos comunicativo que resultase genuino? Odiaba sentir la estupidez ajena, la despreciaba tanto como a la propia.

Ahora podemos entender un poco por qué esta persona parecía estar resignada al desencanto de su vida tras conocer y aceptar de inmediato la teoría de la malapersonalización, un cúmulo de conceptos erróneos y argumentos absurdos que hicieron que un día, después de muchos días -e incluso algunos días más- saliera de su repentino pero molesto egocentrismo para pensar que tal vez él no era la única malapersona en el universo. Ahora odiaba sentirse minúsculo, ínfimo, ridículo. Ahora empezaba a odiarse y sabía que a partir de ahí no habría vuelta atrás: se había convertido en ese tipo de personas que caen mal por tercera, cuarta y hasta quinta vez –si llegara a darse el caso de que alguien muy estúpido le diera tal oportunidad-.

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